miércoles, 23 de septiembre de 2009

Analfabetismo cristiano (Segunda parte)

Ahora bien, ¿cuáles son las causas del analfabetismo cristiano? Creemos que este es, en definitiva, el producto de un conjunto de factores entremezclados que se han venido desarrollando a lo largo del tiempo. Pudiera hacerse una lista bastante larga de los mismos, pero vamos a resumir aquí algunos aspectos que consideramos importantes.


a) La reacción muchas veces extrema al excesivo intelectualismo doctrinal que ha predominado en ciertos sectores de la Cristiandad y en algunos períodos de la historia de la Iglesia, y que ha plagado a la iglesia de especulaciones viciosas, discusiones estériles, y la ha vaciado de espiritualidad consistente, y de práctica cristiana poderosa.


Lamentablemente la reacción anti-intelectualista ha tendido a despojar a la Iglesia del sólido y necesario fundamento bíblico doctrinal, sobre el que debe asentarse todo el “edificio” de la vida cristiana en su dimensión colectiva eclesial, y en la dimensión individual de cada creyente. En esta terrible pulseada se ha sacrificado alternativamente, unas veces la ortopraxis, otras, la ortodoxia y, la mayoría de las veces, ambas. Siempre se señala que el movimiento pietista, de finales del siglo XVII, fue la reacción natural a la esterilidad espiritual que generaron las controversias doctrinales surgidas a partir de la Reforma. Sin embargo, el relativo vaciamiento doctrinal que vino como resultado del énfasis pietista en la devoción y la piedad, trajo como resultado la vulnerabilidad doctrinal del movimiento que, a la larga, fue infiltrado y destruido por el liberalismo teológico.


b) Una tendencia mística y espiritualista que ha tendido a disociar los elementos intelectuales de los elementos afectivos de la fe cristiana.


Este fenómeno se ha dado en diferentes épocas de la historia de la Iglesia, y se ha manifestado en diferentes grupos y movimientos cristianos, pero muy particularmente, en los últimos cien años aproximadamente, ha florecido en ciertos sectores del Pentecostalismo y del Carismatismo y, muy particularmente, en las corrientes neopentecostales y neocarismáticas de los últimos decenios.


Este fenómeno es el que efectúa también una disociación irracional entre “Palabra” (entendida como la Palabra de Dios escrita, la Biblia) y el “Espíritu” (entendido como el Espíritu Santo que actúa con poder). Ambos son colocados en un enfrentamiento inexistente, puesto que el Espíritu Santo es el autor de la Palabra, es el Espíritu de Verdad, el que inspiró sobrenaturalmente a los autores de la Palabra, para que tuviésemos en ella la Revelación escrita de Dios.


Este fenómeno es el que genera argumentos pseudobíblicos para menoscabar la importancia del conocimiento bíblico, como medio de crecimiento espiritual del creyente, y como salvaguarda del error. Es así como se esgrimen versículos sacados de contexto y mal interpretados.


¡Cuántas veces hemos escuchado: “Hermanos, no estudie tanto la Biblia, porque la letra mata más el espíritu vivifica!” La manipulación de estas palabras del apóstol Pablo ha sido tal, que he escuchado a creyentes y a predicadores bien intencionados, tratando de defenderse de este “contundente” argumento “espiritual”. Las interpretaciones que han dado del versículo han sido peores que las de aquellos que lo mal usan para menoscabar la enseñanza cristiana. Ninguno de los mencionados entienden que, a la luz del contexto escritural, lo que Pablo está haciendo es una comparación entre el Antiguo Pacto mosaico y el Nuevo Pacto en Jesucristo, del cual él ha sido hecho “un ministro competente”. No hay en dicho pasaje ninguna alusión a alguna dicotomía entre el estudio de la Biblia y la operación sobrenatural del Espíritu Santo de Dios. Lea usted mismo y analice 2 Corintios 3:1-18.


¡Cuántas veces también hemos escuchado aquello de “vosotros tenéis la unción del santo, y no necesitáis que nadie os enseñe…”! (Ver 1 Juan 2:27). Y se esgrime este argumento para negar el ministerio de la enseñanza constituido por el propio Jesucristo y dado a la iglesia como regalo. Ni siquiera se lee el versículo 26, que aclara la intención del apóstol Juan: “Os he escrito acerca de los que os engañan”. No se analiza desde el versículo 18, en que se alerta a los creyentes sobre la actividad de los falsos maestros, llamados anticristos, a los cuales ellos no debían prestar atención, ni de los cuales ellos debían aceptar enseñanza. No se tienen en cuenta las circunstancias en que fueron escritas estas palabras – la controversia contra las doctrinas heréticas del docetismo y del incipiente gnosticismo -, ni el propósito del autor, de alertarlos sobre esas doctrinas heréticas. No analiza la enseñanza general del apóstol Juan, en sus escritos, en relación con la labor enseñadora del Espíritu Santo como Espíritu de Verdad, dador de la Palabra escrita. Tampoco se interpreta el pasaje a la luz de la enseñanza general neotestamentaria, en relación con la constitución de maestros cristianos, el don de la enseñanza, la acción iluminadora del Espíritu, etc.


El terror al hecho de que “el conocimiento envanece” hace olvidar el mandato bíblico de crecer “en la gracia y el conocimiento del hijo de Dios”. Sí, el conocimiento envanece cuando la carnalidad predomina, pero la verdadera espiritualidad de todo hijo de Dios hunde sus más preciadas raíces en el conocimiento íntimo de Dios a través del estudio y meditación de las Escrituras, a través de la oración, y a través de la práctica de la vida cristiana enteramente fundamentada en la Palabra.


c) La puesta en práctica más o menos consciente de un lema que viene, desde hace años, permeando a las últimas generaciones cristianas: “La doctrina separa; el amor nos une”. Es cierto que las controversias doctrinales, - la mayoría de las cuales tienen que ver con cuestiones secundarias de la fe cristiana -, han traído amargas contiendas y divisiones en el seno de la Iglesia cristiana. Pero los hechos contingentes de la carnalidad humana manifestados en estos tristes episodios no pueden opacar jamás, ni mucho menos desautorizar, la amplia y profunda enseñanza bíblica sobre la necesidad de edificar la Iglesia y la vida cristiana sobre el fundamento sólido del conocimiento integral de la Palabra de Dios. La experiencia, mala o buena, nunca puede suplantar a la Palabra.


Estos fenómenos anteriormente descritos han traído como resultado el paulatino vaciamiento del contenido de la enseñanza cristiana, sobre todo en las nuevas modalidades educativas cristianas implementadas en las iglesias. La tradicional Escuela Dominical, considerada obsoleta por muchos, tenía generalmente la ventaja – sobre todo cuando funcionaba integralmente -, de que ofrecía al creyente la posibilidad de una preparación bíblica, doctrinal y devocional sistemática y consistente. Su desaparición paulatina ha dejado en muchas congregaciones un vacío en materia educativa, sobre todo para los adultos, que en muchos casos no ha sido llenado con algún programa alternativo.


Por otra parte, los programas de discipulado o de estudios celulares que muchas veces han venido a sustituir a las viejas instituciones educativas cristianas, no siempre llenan el cometido de ofrecer una preparación integral, que incluya el aspecto doctrinal y bíblico, junto con el devocional y el práctico. Lamentablemente, la tendencia predominante es enfatizar estos dos últimos aspectos, en detrimento de los dos primeros. O, como ocurre en ciertos casos, se introduce como conocimiento doctrinal y bíblico, nuevas doctrinas con apariencia bíblica pero que, en el fondo, rayan muchas veces en lo herético.


La consecuencia radical del analfabetismo cristiano es: a) la triste sucesión de generaciones de creyentes cristianos débiles en la fe, afectados por el enanismo espiritual, por la fragilidad de su fe, entendida como aceptación convencida de las verdades reveladas en la Palabra de Dios; b) la proliferación de una excesiva cantidad de “niños espirituales fluctuantes, llevados por doquier de todo viento de doctrina” (Efesios 4:14), de los cuales falsos maestros (y predicadores) “por avaricia, hacen mercadería” (2 Pedro 2:3), y muchas veces terminan siendo arrebatados por “lobos rapaces”, que se introducen encubiertamente en el “rebaño”, disfrazados de “corderos” o de “pastores” (Hechos 20:28,29).

A modo de conclusión.

Las soluciones para esta problemática no son mágicas. Es necesario que el liderazgo cristiano comprometido abra los ojos, amplíe la visión espiritual, tome conciencia del peligro permanente que corren las almas de aquellos que vienen a los pies de Jesucristo y llegan a ser parte de la Iglesia del Señor, de la necesidad que tiene cada creyente de crecer en la gracia y en el conocimiento del nuestro Señor Jesucristo. Y es mucho más necesario que ese liderazgo actúe consecuentemente con la vocación a la cual ha sido llamado. Unos 2000 años atrás, el apóstol Pablo, de camino a Jerusalén, en los finales de su tercer viaje misionero, recordó a los ancianos de las iglesias establecidas en el Asia Menor: “Porque no he rehusado anunciaros todo el consejo de Dios” (Hechos 20:27). ¡Qué precioso sería que todos aquellos que se encargan, en maneras diferentes, del ministerio de la Palabra, hicieran suyas estas palabras de Pablo. Quizás así, comenzaría a ver revertido este fenómeno del analfabetismo cristiano, que tanto daño ha causado y causa a la Iglesia.


Alba Llanes (Ministerio Luz y Verdad/EDICI: Rancho Cucamonga, CA, 2009).

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