martes, 22 de septiembre de 2009

Analfabetismo cristiano (Primera parte)

La frase “analfabetismo cristiano” surgió en mi mente, a partir de haber leído un anuncio del E-Sword, el reconocido software bíblico de distribución gratuita en Internet, que citaba la frase “analfabetismo bíblico”. Rondó en mi mente durante largo tiempo, generando una serie de ideas que han sido plasmadas inicialmente en la serie de estudios sobre Didáctica Especial de la Teología que mi padre, el pastor Luis Llanes, y yo hemos estado publicando en el blog Recursos Didácticos, de la Red de Blogs “Luz y Verdad”.

Indiscutiblemente que una gran parte del “analfabetismo” cristiano se concentra en el área doctrinal. Otra parte considerable está centrada en el desconocimiento del contenido bíblico en sí, pero esto es tema para otro segmento. Ese “analfabetismo teológico o doctrinal” se traduce de varias maneras: a) un desconocimiento casi absoluto de las doctrinas bíblicas, en forma sistemática; b) un conocimiento parcial y mediatizado de las mismas; c) un desconocimiento de “herramientas” que permiten “cavar u ahondar” para “fundamentarse sobre la roca”; d) un conocimiento teórico de las doctrinas fundamentales, pero sin una verdadera aplicación práctica a la vida cotidiana.


En el primero de los casos, un gran número de creyentes carece de mínimos conocimientos sistemáticos sobre las doctrinas más fundamentales de la fe cristiana. Son incapaces de explicar, desde la propia Biblia, qué es la Salvación, cuáles son los atributos de Dios, o de qué manera obra el Espíritu Santo en la vida del ser humano. Estos son solo algunos ejemplos. Cuando se encuentran con personas que les preguntan sobre su fe, no pueden formular una explicación coherente y sencilla de la misma. Mucho menos hacerlo sobre las bases bíblicas correspondientes, usando al menos los textos bíblicos básicos adecuados que las respalden.

En el segundo de los casos, tenemos creyentes que llegan a repetir conceptos y datos recibidos a través de diferentes libros, predicaciones, etc. Sobre todo, de agentes mediáticos que predican lo que está de moda, y que acomodan el contenido bíblico y doctrinal a sus propias enseñanzas. ¿Un ejemplo concreto? Encontramos creyentes que son capaces de explicarle a usted todas las razones por las cuales Dios “quiere” que seamos ricos y prosperados materialmente. En un discurso más o menos coherente, hilvanan nociones de Confesión Positiva, aún de la mal llamada Metafísica, con textos y pasajes bíblicos descontextualizados. Sin discriminar la procedencia del abigarrado tejido de enseñanzas que han recibido, repiten sin cesar lo que aprendieron en uno más de los talleres, seminarios, retiros o encuentros, a los que han asistido. Sin embargo, son incapaces de comprender la anchura, profundidad y altura de “todo el consejo de Dios” revelado en las Sagradas Escrituras, en cuanto a este tema en particular o cualquier otro. Lamentablemente, en estos casos, la corrección del conocimiento errado es sumamente difícil. Existe, en ellos, una especie de bloqueo hacia la verdad de Dios en toda su máxima expresión.

En el tercer caso, quizás el más generalizado, como lo hemos señalado más arriba, los creyentes carecen de los “instrumentos” y “herramientas” para “cavar y ahondar” a fin de encontrar la roca firme que servirá de fundamento para sus vidas y ministerios:

Primeramente, no asumen su nueva identidad en Cristo, y el hecho de que, en virtud del Nuevo Nacimiento, han sido dotados de la mente de Cristo, la cual se debe desarrollar en nosotros, crecer, hasta alcanzar “la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”. En el marco de este fenómeno, no tienen conciencia de o no comprenden la obra iluminadora del Espíritu Santo en sus propias vidas, que los capacita para entender las cosas espirituales.


Por otra parte, carecen o tienen poco desarrollada la capacidad para indagar, investigar, analizar, comparar, llegar a conclusiones, aplicar el pensamiento crítico a las enseñanzas y predicaciones que reciben, o utilizar los mínimos recursos exegéticos y hermenéuticos para extraer, de la Biblia, los diferentes aspectos de la verdad revelada. Y hacemos una salvedad aquí: cuando hablamos de pensamiento crítico, no nos referimos a la actitud de crítica malsana y destructiva que, desde la amargura, el resentimiento, la ignorancia, el orgullo o la prepotencia, lleva a la persona a cuestionar y aún negar la verdad. Estamos refiriéndonos a la actitud y actividad que nos describe la propia Palabra de Dios, desde el Antiguo Testamento hasta el Nuevo: la que el propio Dios enseñó a Su Pueblo a través de Moisés (lea, por ejemplo, Deuteronomio 13); la que nos legó el Señor Jesús cuando dijo “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:15-27); las que los apóstoles, inspirados por el Espíritu Santo de Dios, nos dejaron en sus escritos sagrados (1 Corintios 1 Corintios 2:6-16; 1 Tesalonicenses 5:21; 1 Juan 4:1-3); las que nos dejaron como ejemplo los hermanos de Berea (Hechos 17:10-15).

En el cuarto y último caso, encontramos a un reducido número de creyentes que, con el transcurso de los años, han asimilado con menor o mayor eficacia, los conocimientos doctrinales y su consiguiente base bíblica. Pueden discutir con un mal llamado Testigo de Jehová acerca de la deidad de Cristo, y pueden enumerar con las consiguientes citas bíblicas los nombres atribuidos al Espíritu Santo, sin embargo, se hayan incapacitados para extraer las aplicaciones prácticas poderosas que transformen sus vida y los conviertan en mensajes vivientes, cartas abiertas del Señor Jesucristo. Pueden probar bíblicamente que Cristo es Dios, pero quieren manipularlo como al panteísta dios del Pensamiento Posibilista, para que haga lo que ellos quieran, y les conceda todos sus caprichos. Pueden citar cada uno de los nombres del Espíritu Santo de Dios, y ofrecer una variada gama de textos bíblicos para fundamentar su explicación, sin embargo sus vidas están carentes de la “unción del Santo” en toda su máxima expresión, y no comprenden las implicaciones prácticas que lleva el conocimiento de que el Espíritu de Dios, es “Espíritu de Verdad”, es “Consolador”, es “Espíritu Santo”. Como ha señalado el pastor David Wilkerson, conocen al “Espíritu de Poder” y aún saben desplegar sus dones, pero no tienen presente al “Espíritu de Verdad”, y se dejan arrastrar por “todo viento de doctrina” . Hablan del amor y la justicia de Dios, pero sus vidas no manifiestan ese amor y esa justicia en el quehacer cotidiano. Proclaman que Jesucristo es Señor, pero no viven el señorío de Cristo en todos y cada uno de los ámbitos de su vida pública y privada, y restringen lo "sagrado" a las cuatro paredes del templo.


En otras ocasiones, son creyentes sinceros, consagrados, que tienen como meta agradar y obedecer a Dios, pero que no siempre son capaces de aplicar lo aprendido cuando les llegan los efluvios de nuevas interpretaciones, o las corrientes de nuevas doctrinas que se ponen de moda. Pero aún más, también pueden ser creyentes sinceros, consagrados al Señor, que viven aferrados a enseñanzas y prácticas, recibidas por tradición, que pretenden ser bíblicas, pero que en realidad han surgido y se han perpetuado en el tiempo, a partir de la carnalidad y el legalismo. Son sinceros hermanos que, confrontados con la verdad revelada en la Palabra, no son capaces de abrirse al cambio necesario, a la transformación espiritual que irremediablemente debe venir como producto del encuentro con la revelación escritural.


Tal y como señalamos más arriba, al analfabetismo cristiano doctrinal se suma lo que pudiéramos llamar – repitiendo la famosa frase del E-Sword – el “analfabetismo bíblico”. Este fenómeno se manifiesta primordialmente en dos áreas definidas: a) en el área del conocimiento del contenido bíblico en sí: se desconoce total o parcialmente de eventos, personajes, circunstancias, enseñanzas, etc., contenidos en la Palabra de Dios; b) en la carencia de destrezas básicas de interpretación y comprensión del texto sagrado.


Alba Llanes (Ministerio Luz y Verdad/EDICI: Rancho Cucamonga, California, 2009).

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