viernes, 4 de septiembre de 2009

El mandato cultural

Al hombre se le dio la responsabilidad de explotar y administrar los recursos naturales del huerto, conforme al mandato que Dios estableció: “Creced y multiplicaos, llenad la tierra y SOJUZGADLA, y SEÑOREAD…” (Gn. 1:28,29). Tomamos aquí, como punto de partida, el concepto de cultura (1) como el conjunto de toda la actividad humana tendiente a modificar de una manera u otra su espacio vital, tanto físico como espiritual.

La acción de Adán de “poner nombre” a las especies animales (vv. 19, 20) es importante por dos razones: primeramente, porque demuestra el grado de capacidad mental y de inteligencia con el que Dios dotó al ser humano y que le permitió realizar un trabajo taxonómico (clasificatorio) de los animales, teniendo en cuenta sus características particulares. La frase “poner nombre”, en el marco del pensamiento antiguo y particularmente bíblico, implica un conocimiento íntimo de la esencia de las cosas a las que se nombran. En segundo lugar, porque implica la idea que, desde el principio, el dominio de la naturaleza se ha efectuado a través del conocimiento más amplio y profundo que el ser humano ha ido teniendo de la misma. Esta es la base del desarrollo científico y tecnológico de la Humanidad.

Por otra parte, el texto bíblico señala claramente que la actividad laboral del ser humano no surgió como producto de la maldición del pecado, sino que fue establecida como parte indivisible de la responsabilidad y privilegio del hombre y la mujer de dominar el mundo natural. Las palabras hebreas traducidas como “labrar” y “cuidar” son abad y shamar, respectivamente. Abad conlleva la idea primaria de “trabajar en todo sentido”, e incluye significados como "servir, arar, cultivar, ministrar, adorar, etc". Shamar, por su parte, significa primariamente “poner un cerco alrededor de algo”, e implica la acción de vigilar, conservar, preservar, custodiar, guardar, proteger, pastorear, etc. A Adán se le otorgó la responsabilidad de administrar sabia y racionalmente los recursos del Huerto que, como vimos más arriba, incluía no solamente el cultivo de la tierra. Una atenta lectura del texto bíblico nos muestra que muy pronto la actividad cultural humana comenzó a realizarse en otros ámbitos (Gn. 4: 17-24).

La maldición dada al varón, en el capítulo 3 de Génesis, apunta a las dificultades que, a partir de ese momento, se presentarían en el cumplimiento de su actividad cultural. Para decirlo en forma sencilla: a partir de la Caída, el hombre no solo trabajaría, sino que pasaría trabajo y tendría fatiga al trabajar. La aparición de malas hierbas que afectarían la agricultura (Gn. 3:17-18), puede extenderse también a la aparición de microorganismos patógenos, de plagas y de enfermedades que infectarían al mundo animal, al mundo vegetal y al ser humano; a mutaciones genéticas y alteraciones metabólicas perjudiciales en los organismos vivos, así como a la erosión del suelo, a cambios climáticos y eventos catastróficos y destructivos, y a la improductividad. En Romanos 8:19-23, el apóstol Pablo señala que la Creación entera quedó afectada por la manifestación del pecado.

Más allá de la forma que podía tener dicho “árbol”, lo importante es saber que representaba la suma de todo el conocimiento al que el ser humano podía tener acceso, sin importar la naturaleza moral del mismo. Es en este pasaje del Antiguo Testamento, en el que se plantea por vez primera el gran dilema gnoseológico(2) y epistemológico(3) de la Humanidad: cuáles son los límites morales o éticos del conocimiento humano y su aplicación.

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Esto implica una naturaleza espiritual y moral, pero también la facultad de conocer inteligiblemente y de razonar sobre lo conocido o cognoscible. Como vimos anteriormente, la prerrogativa de “señorear y sojuzgar” implicaba la necesidad de conocer íntimamente la naturaleza de las cosas que han de ser dominadas y administradas. Por otra parte, la íntima relación con el Señor implicaba un cada vez más amplio y profundo conocimiento de la naturaleza infinita y eterna del Creador y Padre. Por lo tanto, Dios había puesto delante de Adán un infinito conocimiento éticamente bueno y valioso que le permitiría cumplir con su responsabilidad y gozar de bendiciones incalculables, así como alcanzar la autorrealización y ‘plenificación’ como ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios. Pero también, en el marco del regalo del libre albedrío, de la libertad de elección, que el Señor regaló al ser humano, Él puso delante de este la posibilidad de acceder a un tipo de conocimiento éticamente malsano y perjudicial. Era un conocimiento al que se tendría acceso a través de la desobediencia y la rebeldía, pero que traería como consecuencia:

a) El oscurecimiento de la razón humana.
b) La gradual incapacidad de conocer rápida, clara y eficazmente la naturaleza de las cosas físicas y espirituales.
c) La pérdida de la percepción espiritual.
d) La inmersión paulatina en las profundidades del oscurantismo, de la ignorancia, y del error.
e) La incapacidad cada vez más creciente de discernir entre lo bueno y lo malo, entre la verdad y la mentira, entre lo correcto y lo incorrecto.
f) La impotencia frente a la naturaleza que se debía dominar y sojuzgar y que, a partir de ese momento, se presentaría muchas veces como indomable.
g) La miopía del intelecto, que no permitiría ver al Creador de todas las cosas, detrás de cada una de esas cosas, lo que llevaría a la idolatría, al ateísmo, y a la falsa deificación del ser humano.
h) La incapacidad para usar los recursos puestos a disposición del ser humano, solamente en manera beneficiosa.
i) El permanente peligro de ser víctima del engaño de seres demoníacos y de otros seres humanos que proclamarían enseñanzas y doctrinas satánicas y humanísticas.

A lo largo de la Biblia, hay un hilo conductor que señala reiteradamente, la diferencia entre ambos tipos de conocimiento, y sus resultados. Los pasajes que están siendo analizados nos muestran la dolorosa realidad del ser humano: el de la introducción de la muerte, en la Creación, como producto de la elección desobediente y rebelde del conocimiento pervertido que ofrecía el árbol de la ciencia del bien y del mal. En su estudio sobre el Pentateuco, el pastor Luis Llanes escribe:

“El mandamiento de Dios era: ‘De todo árbol del huerto podrás comer: más del árbol de la ciencia del bien y el mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.’ (Gn. 2:16-17). La infracción consistió en la obediencia a las instituciones mentirosas del diablo. Ellos murieron, justamente, al ser separados del árbol de la vida y sacados del huerto. En ese instante perdieron la comunión con Dios. La palabra muerte significa ‘separación’ y no ‘extinción’.” (4)

La desobediencia causó la pérdida de la comunión íntima y permanente del espíritu del hombre, cuya fuente es el Espíritu de Dios: “Lámpara de Jehová es el espíritu del hombre” (Pr. 20:27). Ocasionó también la pérdida de la posibilidad de acceder al fruto del árbol de la vida, que traería inmortalidad al cuerpo (Gn. 3:22-24). El oscurecimiento del espíritu humano como producto de la muerte espiritual, trajo como resultado directo: a) la condenación a un estado de perpetua separación de Dios y condenación eterna, si no se acogía a la provisión que el Señor le iba a dar para revertir tal situación; b) el gradual embrutecimiento intelectual y moral del ser humano (Ro. 1:18-32); c) la exposición a la acción de Satanás, “el dios de este siglo”, en palabras del apóstol Pablo, el cual “cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no crean a la verdad” (2 Co. 4:3-4).

También encontramos otro hilo conductor: el llamado permanente a buscar el verdadero y pleno conocimiento y sabiduría. Oseas e Isaías denuncian la destrucción moral y espiritual del pueblo producto de la falta de da’at, término hebreo que significa el más profundo e íntimo conocimiento, en este caso particular, de Dios (Os. 4:6; Is. 5:13,14). El Libro de Proverbios es un llamado permanente a la aplicación práctica del buen conocimiento y de la buena sabiduría, a la vida cotidiana, que incluye el quehacer cultural individual y colectivo del ser humano.

Pablo, por su parte, plantea la realidad de la epignosis divina opuesta a la gnosis humana, mediante la renovación del entendimiento, en Cristo Jesús. Gnosis significa, en griego, "ciencia y conocimiento". En los escritos paulinos, la gnosis hace referencia al conocimiento limitado y pervertido del ser humano, la “falsamente llamada ciencia”. No se refiere aquí al conocimiento genuino, lícito y correcto que pudiera tenerse del mundo natural o espiritual, sino a las especulaciones, falsos razonamientos de carácter pseudorreligioso, pseudofilosófico y, por qué no, pseudocientífico, que plagaban el mundo ideológico grecorromano, y que se estaban nucleando velozmente, en forma muy particular, alrededor del incipiente gnosticismo que ya se avizoraba. Se refiere a esas verdades a medias, a esos argumentos satánicos y humanísticos que, a lo largo de la historia, han sido establecidos por el ser humano, como paradigmas de la verdad.

A esa gnosis, el apóstol opone la epignosis, el más vasto y profundo conocimiento al que puede acceder el hombre espiritual, poseedor de la mente de Cristo, de una mente que va renovándose hasta el conocimiento pleno; el hombre espiritual, sentado con Cristo en lugares celestiales, que tiene la capacidad de juzgar todas las cosas, conforme a los criterios celestiales, y no terrenales (1 Co. 2; 3:18-20; Ef. 1:15-23; 2:1-3; 3:14-21; 5:17-32; Col. 2; 3:9-10, etc.).
Notas:
(1) La palabra “cultura” no aparece en la Biblia. El término proviene del latín “cultura” o cultivo. Se aplica a todo tipo de actividad humana. De ella provienen, por ejemplo, los vocablos “agricultura”, o “cultivo de la tierra”; “apicultura”, o “cultivo de las abejas”; “horticultura”, o cultivo de hortalizas, etc. La palabra “cultura” se aplica también a las actividades relacionadas con el desarrollo de la ciencia, el arte y el conocimiento en general. De ahí que el término “culto”, por ejemplo, se aplique, entre otras cosas, a la persona que se “ha cultivado” en el área del conocimiento.
(2) Gnoseología. (Del gr. γνῶσις, -εως, conocimiento, y -logía). f. Fil. Teoría del conocimiento.
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(4) Llanes, Luis. Pentateuco. Curso Ministerial Luz y Verdad. Ministerio Luz y Verdad. Puerto Madryn, Chubut, Rep. Argentina.


Extraído de: Alba Llanes, Un Panorama del Antiguo Testamento. Manual de Estudio. Ministerio Luz y Verdad/EDICI. Rancho Cucamonga, California, EE.UU., 2009.

Este material fue preparado para las clases de Panorama del Antiguo Testamento, en la extensión Corona, del Latin American Bible Institute (LABI).

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