jueves, 18 de septiembre de 2014

LA BIBLIA Y LAS DROGAS


El presente escrito está basado en una consulta que me hicieron hace poco tiempo. Quiero compartirlo con ustedes.

Algunos sostienen que la Biblia no prohíbe el uso de las drogas psicodélicas, y toman esto como “licencia” para promover o usar el uso de las mismas. Aunque en la Palabra de Dios no encontramos un mandamiento directo sobre el tema, sí poseemos una variada enseñanza que, correctamente aplicada, nos permite entender que  el uso de drogas psicodélicas es pecaminoso. Y aclaro que no hago referencia al uso médico de ciertas drogas que, usadas en exceso, resultan psicodélicas.

PRIMER ARGUMENTO.

Nuestro cuerpo es creación especial de Dios. A diferencia de los restantes animales, que surgieron como producto de la palabra creadora del Señor, el cuerpo humano fue formado mediante su directa y amorosa acción creativa (Génesis 2:7). En el caso de los cristianos, los que hemos aceptado a Jesucristo como nuestro Salvador y Señor, nuestro cuerpo se convierte en templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19), y pasa a pertenecer a Cristo (1 Corintios 6:15). La droga causa destrucción al cuerpo, de modo que, por sentido común, llegamos a la conclusión que algo que destruya lo que Dios, de manera especial, creó, y atente contra el cuerpo como posesión de Cristo y templo del Espíritu Santo, no debe ser usado por un cristiano.

SEGUNDO ARGUMENTO.

Desde el punto de vista espiritual y moral, de nuestra personalidad, fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26,27). La droga destruye nuestras capacidades intelectuales, afectivas, volitivas, morales y, en resumen, espirituales. El verdadero cristiano no usará nada que destruya la imagen de Dios en su vida.

TERCER ARGUMENTO.

Como seres humanos, fuimos creados con un libre albedrío, o sea, con capacidad de elegir. Fuimos creados para señorear y sojuzgar el mundo físico, no para que algo del mundo físico nos esclavizara (Génesis 1:28). Justamente, el apóstol Pablo extendía su concepto sobre la actividad esclavizadora de lo físico a nuestras personas, aún al uso desmedido e irracional de cosas lícitas: “Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna” (1 Corintios 6:12). A eso se añade que, como cristianos, Cristo compró para nosotros la libertad espiritual. Él nos hace libres, genuinamente libres (Juan 8:1-38; Gálatas 5:1). La droga esclaviza, roba la libertad humana, coarta el poder de decisión del ser humano. Un cristiano libre, como dijo el apóstol Pablo, no debe hacerse esclavo de nada ni de nadie (1 Corintios 7:23; Gálatas 5:1).

CUARTO ARGUMENTO.

Desde tiempos inmemoriales, el uso de droga ha estado asociado a la hechicería, y a la búsqueda de trascendencia espiritual. Los hechiceros, los shamanes, los brujos y adivinos, han usado las drogas psicodélicas para crear estados alterados de conciencia que le permitan, a través inclusive de los sentidos físicos, llegar a experiencias espirituales transpersonales.

Justamente, en el marco de la búsqueda de trascendencia espiritual, el actual movimiento pro-drogadicción parte de los planteamiento de intelectuales (literatos, filósofos, etc., entre los que se destaca Aldous Huxley) que practicaron y promovieron el uso de la droga, supuestamente como una manera de "liberar" el espíritu, de la cárcel del cuerpo, para penetrar en el mundo espiritual o, por lo menos, trascender al mundo material. El movimiento hippie, de los años 60 y 70, del pasado siglo, tomó como bandera, justamente, los planteamientos que estoy mencionando. Aunque actualmente, la inmensa mayoría de los que se drogan, no tienen en cuenta los presupuestos ideológicos que fundamentaron a esas personas, igualmente, el uso de las drogas está asociado siempre a la búsqueda de satisfacción espiritual y física. 

El cristiano tiene su plena satisfacción en Cristo, sin necesidad de recurrir a las "muletas" de la droga, del alcohol, y de otras sustancias intoxicantes. En Efesios 5:18, el apóstol Pablo escribe: "No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien, sed llenos del Espíritu". La palabra griega para "embriagar" se puede traducir como "intoxicar". Pablo habla del vino, porque era la sustancia intoxicante más difundida en aquella época, ya que el uso de drogas estaba más limitado a los ritos religiosos paganos, y a las prácticas de hechicería. En el caso del vino, este era usado ampliamente tanto en ritos religiosos (como el culto a Dionisios o Baco) como en la vida común. Frente a la posibilidad de consumir desmedidamente el vino, como sustancia intoxicante, para buscar satisfacción espiritual y física, y para crear en las personas estados alterados de conciencia, en el que los límites podían ser transgredidos, el apóstol Pablo coloca la vida de plenitud en el Espíritu Santo, como la única y válida alternativa  del creyente. Sin atentar contra la recta interpretación bíblica, podemos aplicar plenamente este versículo, no solo al vino, sino a cualquier sustancia que cause efectos similares.

Anteriormente, he mencionado la palabra "hechicería". En griego es "pharmachein", de donde proviene la palabra actual "farmacia". Antes de proseguir, debo aclarar que la farmacéutica, como otras ciencias modernas, surgieron de la mezcla de ciencia con ocultismo y superstición, de épocas pasadas; por ejemplo, de la alquimia, provino la química; de la astrología, la astronomía; de la hechicería, la farmacia. Por supuesto, que dicho origen no significa que no usemos los beneficios que la ciencia, desprovista de magia, superstición y paganismo, nos ofrece actualmente. Volviendo al sentido y significado original de "hechicería", encontramos que las prácticas de la misma conllevaron siempre el uso de drogas altamente intoxicantes, que producían estados alterados de conciencia, y la posibilidad de comunicarse con entidades espirituales demoníacas. La Biblia prohíbe terminantemente cualquier actividad que propicie nuestra comunicación eventual con los demonios, o la apertura voluntaria de nuestra psiquis al mundo espiritual satánico, y particularmente aquellas que conlleven el uso de drogas psicodélicas. Justamente una de las características de la sociedad de los tiempos anteriores a la Segunda Venida de Cristo es la proliferación de la hechicería (pharmachein) en su máxima expresión (Apocalipsis 9:21). El apóstol Pablo coloca la “hechicería”, junto a las “borracheras”, dentro de la lista de “obras de la carne” (Gálatas 5:20,21).

Pero, si aún esto fuera poco, para algunos, basta con mirar las consecuencias espantosas que ha traído y está trayendo el consumo de la droga; la destrucción espiritual, psíquica y aún física, que conlleva esta práctica; y todo el entramado, la urdimbre de maldad asociada a la comercialización de sustancias de este tipo. Todo ello, y mucho más, forma parte de lo que el apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, llamó: “las obras infructuosas de las tinieblas”. Al respecto, él alertó a los efesios y a nosotros: “Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas; porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto” (Efesios 5:11,12).

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