jueves, 22 de marzo de 2007

Traducciones de la Biblia. Segunda Parte.

Dos factores vitales dieron el impulso final a la tarea de traducir la Biblia, a partir del siglo XVI. El primero fue el Renacimiento, un vasto movimiento de carácter ideológico, espiritual y moral, que dio como resultado el cierre de la Edad Media y la apertura de los tiempos modernos. Los intelectuales humanistas renacentistas desarrollaron una profunda pasión por rescatar la antigua literatura clásica, en sus idiomas originales, y mostraron un particular interés en conocer el texto bíblico, no a través de la traducción de la Vulgata Latina, sino en sus fuentes. El segundo factor fue la Reforma Protestante. Efectivamente, la aplicación del principio reformado de que la Biblia fuera leída, predicada y explicada en las lenguas vernáculas, en vez de usar el latín, causó una verdadera revolución espiritual y cultural. Eruditos de diversas nacionalidades se lanzaron a la traducción de la Biblia, partiendo de los idiomas en que originalmente había sido escrita. Esta titánica actividad abrió las puertas para una avalancha de traducciones en cientos y cientos de lenguas modernas.


Muy particularmente nos interesa esbozar algunos aspectos importantes de las traducciones de la Biblia al español o castellano.


Reina-Valera, la Reina de las traducciones castellanas.


Sevilla, España, 26 de Abril de 1562. Como tantos otros días, los sevillanos se despertaron con la expectativa de un nuevo “auto de fe”. La ignorancia, la superstición y el morbo de la gente, se alimentaba con estas ceremonias públicas en las cuales personas acusadas de herejía, de judaísmo o de brujería, eran ejecutadas, generalmente en una hoguera donde se las quemaba vivas. Pero el “auto de fe” de ese día tenía una característica muy particular: la mayoría de los condenados habían escapado años antes, habían sido condenados en ausencia, y solamente sus efigies o estatuas sufrirían el efecto del fuego.


Uno de los nombres que se mencionaba era el de Casiodoro Reyna, ex-monje del Convento de San Isidro del Campo, perteneciente a la Orden de San Jerónimo, ubicado en Santiponce, cerca de la ciudad de Sevilla. Unos años antes, Casiodoro había conocido la fe evangélica a través de los escritos de los reformadores protestantes y, mediante su predicación, había conseguido que todos los monjes del monasterio se convirtieran al Evangelio. Cuando en 1557 la furia de la Inquisición se desató contra lo que se denominó “el grupo luterano de Sevilla”, once monjes lo acompañaron en su huida a Ginebra, Suiza. Entre ellos se encontraba también Cipriano de Varela, judío convertido primeramente el Catolicismo y luego al Cristianismo protestante.


Los nombres de Casiodoro Reyna y de Cipriano de Valera son perfectamente conocidos en el mundo de habla hispana. Fueron ellos los que legaron a los hispanohablantes la versión de la Biblia conocida como “Reina – Valera”, considerada por el gran erudito español, Don Marcelino Menéndez y Pelayo, como “uno de los más grandes monumentos literarios de la lengua española”.


Precisamente, en 1569, siete años después del “auto de fe” mencionado anteriormente, vio la luz la primera edición de lo que posteriormente sería la versión Reina – Valera. Se trataba de una traducción realizada por Casiodoro Reyna, con ayuda de algunos de sus ex-compañeros de monasterio. La portada de esa impresión traía grabado un oso, de ahí que a esa edición se la conoció con el nombre de “Biblia del Oso”, la primera Biblia completa impresa en lengua española. Dificultades de diversa índole tuvo que enfrentar Reyna para publicarla: primero, parte del tiempo que dedicó al proceso de traducción, tuvo que estar huyendo, perseguido no sólo por los agentes romanistas, sino aún por algunos extremistas protestantes; segundo, sufrió calumnias acerca de su moralidad, que lo obligaron a abandonar la protección que había tenido en Inglaterra, y a exponerse, junto con su esposa e hijos, a caer en manos de los papistas; tercero, un importante manuscrito de la versión, cayó en manos de sus enemigos, los cuales intentaron destruirlo; tercero, el dueño de la imprenta que iba a imprimir la versión, murió después de haber cobrado el dinero y sin haber realizado el trabajo. Sólo el respaldo de Dios, la firme voluntad de Reyna y los integrantes de su equipo, y el aporte generoso de personas comprometidas con esa causa, permitió la aparición de esa versión.


En 1602, Cipriano de Valera publicó una revisión de la versión original de Reyna, que dio como resultado la aparición de la Biblia Reina-Valera, la traducción más usada por los hablantes del idioma español. Debido a la evolución natural del idioma castellano o español, La Reina Valera ha tenido que ser sometida a procesos de actualización de su lenguaje. Una revisión se llevó a cabo en 1865 y otra en 1909. Aunque ciertos sectores del pueblo evangélico prefieren la versión de 1909, y la defienden a capa y espada, la más popular es la revisión de 1960 que aún no ha podido ser suplantada en el gusto de los lectores de la Biblia, por revisiones posteriores, como la de 1977, la de 1989 y la de 1995, y mucho menos por la última versión denominada “Biblia Textual”, de 1999.


Otras traducciones en lengua castellana.


Aunque la Reina Valera es estrella de primera magnitud en el firmamento de las traducciones bíblicas al español, no puede uno dejar de mencionar siquiera algunos hitos de la dilatada historia de otras traducciones o versiones castellanas. La precedieron, por ejemplo: la llamada Biblia de Alba, que vio la luz en el año 1433, y en la que el Antiguo Testamento se tradujo directamente del hebreo y del arameo. En plena época de la Reforma, encontramos la Biblia de Ferrara, traducción realizada por dos judíos, que usaron igualmente los idiomas originales. Francisco de Encinas traduce el Nuevo Testamento directamente del griego, en 1543. Juan de Pineda lo hace en 1556.


La actividad de traducción en el campo protestante o evangélico posterior a la Reforma ha dado frutos en versiones como la Moderna, de James Pratt, publicada en 1916, la Versión Dios Habla Hoy, la Biblia en Lenguaje Sencillo, la Nueva Versión Internacional, Traducción en Lenguaje Actual y otras.


En el ámbito católico romano cabe señalar que, en 1551, en la ciudad de Toledo, España, un edicto emitido por el Santo Oficio de la Inquisición, prohibió terminantemente la traducción de la Biblia al español y otras lenguas habladas en la península ibérica. Recién fue en 1793, que vio la luz la traducción realizada por Felipe Scío San Miguel. Antes de esa fecha sólo habían tenido lugar algunas traducciones parciales del Nuevo Testamento, que no pudieron ser publicadas debido a la prohibición existente, y que vieron la luz muy tardíamente, algunas inclusive en el siglo XX. Entre ellas podemos mencionar la traducción de Antonio Montesinos, la de Juan Robles, en el siglo XVI; las de Antonio de Cáceres y Sotomayor y la de José Valdivieso, en el siglo XVII. En 1825 apareció la versión Torres Amat. Todas estas versiones tenían la peculiaridad de que habían sido traducidas tomando como base el texto de la Vulgata Latina y no los manuscritos en los idiomas originales. En 1944 se publica la traducción de Nácar y Colunga, realizada directamente de los originales. Con ella da un giro particular la política de traducción en el ámbito católico romano, que aplica métodos científicos modernos a la obra de traducción. Posteriormente vio la luz la versión de Bóver Cantera que siguió la línea trazada por los traductores Nácar y Colunga. La más destacada versión actual católica es la Biblia de Jerusalén, en la que se usaron manuscritos bíblicos encontrados a fines del siglo XIX y durante el siglo XX. Otra Biblia conocida en la Biblia de las Américas. Ciertos cambios efectuados en el seno del Catolicismo Romano, a partir del Concilio Vaticano II, han provocado el auge de traducciones realizadas por eruditos de esa confesión.


Traducciones de la Biblia y desarrollo nacional.


Tal y como vimos en la primera parte de este estudio, traducciones de la Biblia a idiomas como el armenio, el georgiano y el gótico, generaron la creación de un alfabeto para cada uno de esos idiomas, y la fijación de los mismos como lengua literaria escrita. De igual manera, muchos idiomas modernos se vieron desarrollados y enriquecidos, gracias al aporte de las traducciones de la Biblia. Por ejemplo, la traducción de la Biblia al alemán, realizada por Martín Lutero, y terminada en el año 1534, fijó definitivamente el idioma llamado alto alemán y lo convirtió no sólo en una lengua literaria, sino en la lengua nacional de los alemanes. La llamada Versión Autorizada o del Rey Santiago (Jacobo) - en inglés King James Version - contribuyó al desarrollo del idioma inglés y de su literatura. Siendo la lengua un factor vital en la cohesión cultural de una nación, la traducción de la Biblia a esos idiomas modernos modelaron las más diversas nacionalidades, tanto en Europa como fuera de ella. En su artículo sobre la Biblia, la Enciclopedia Encarta de Microsoft señala que las traducciones de la Biblia que se realizan actualmente a diversas lenguas, están contribuyendo a configurar las tradiciones lingüísticas de naciones que están en proceso de formación. Tal reconocimiento en una publicación electrónica secular, tan conocida mundialmente, es realmente interesante y sugestivo.


A pesar de Voltaire y para pesar de él.


“Dentro de cien años este libro (la Biblia), estará olvidado”. Así se expresó Voltaire, el filósofo escéptico francés del siglo XVIII. A pesar de sus palabras, y para pesar de él mismo, la realidad ha sido diferente. El gran avivamiento espiritual que se produjo en Gran Bretaña y EE.UU., a finales del mismo siglo en que él vivió, trajo como resultados, entre otros, el inicio del movimiento misionero moderno y, con él, la extensión del Evangelio a lugares donde nunca había llegado, y a pueblos con idiomas desconocidos. Esa expansión de la predicación evangélica fue acompañada de una demanda para traducir la Palabra de Dios a cientos de lenguas y dialectos. Por esta razón, decenas de sociedades bíblicas vieron la luz a lo largo de los siglos XIX y XX. El resultado de esta titánica actividad es el siguiente: de 52 traducciones que se contabilizaban, a fines del siglo XVIII, el número ascendió a 75, a principios del siglo XIX. Hacia 1900, la cifra había subido a 567. Medio siglo más tarde, en 1957, se contaban más de 1160, y en el año 1988, tan sólo 35 años después, más de 1900. En la actualidad, la Biblia completa, o porciones de la mism, han sido traducidas a unos 2000 idiomas.


¿Se acuerda de Voltaire? Cincuenta años después de su muerte, la Sociedad Bíblica Británica compró su casa, en Ginebra, Suiza, y usó, para imprimir la Biblia, la misma imprenta que él usó para escribir en contra de ella.


Traducciones de la Biblia hoy: un trabajo inconcluso.


A pesar de las cifras dadas, queda mucho camino que recorrer. Aunque es difícil de determinar, se cree que, actualmente, en el mundo se hablan más de 6 000 lenguas. En otras palabras, quedan unos 4 000 idiomas y dialectos que no tienen siquiera traducida una porción de las Sagradas Escrituras. Por otra parte, hay unos 11 000 grupos étnicos que no han sido alcanzados con el mensaje del Evangelio. Las personas que los integran suman unos 2,3 millones que tienen, en este momento, muy pocas posibilidades de conocer acerca de Jesús, y de tener acceso a la Palabra de Dios.


Hay un desafío para cada cristiano. La obra misionera necesita misioneros que evangelicen y que enseñen, pero también necesita misioneros que traduzcan la Biblia a las lenguas de esas personas que nunca han oído hablar de Jesucristo.


El desafío está echado. ¿Será usted, amado lector, el llamado a responder al mismo?

Publicado originalmente en la Revista "Fe y Acción", órgano del Concilio Internacional "Una Cita Con Dios" y Misión Mundial Maranatha. Volumen 2, Número 2. Abril - Julio, 2005, pp. 20, 21.

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