sábado, 31 de marzo de 2007

La samaritana

La única mención que se hace de ella es en el Evangelio de Juan capítulo 4. Se nos dice muy poco de la samaritana, pero dos aspectos son sumamente importantes: primero, su nacionalidad; segundo, su situación moral.

En cuanto a su nacionalidad, ella pertenecía a una etnia discriminada por los judíos. Los samaritanos eran descendientes de antiguos moradores del Oriente Medio que, durante el dominio asirio, habían sido reubicados en el territorio de Samaria
[1], y que habían conocido la ley de Jehová a través de un sacerdote israelita que los había enseñado, luego de la caída del Reino norteño de Israel, pero que habían sincretizado el conocimiento del Dios verdadero con prácticas paganas[2]. Producto de esto, eran rechazados por los judíos, que preferían dar un gran rodeo, para ir de Judea a Galilea, que atravesar el territorio de Samaria.

En cuanto a su situación moral, ella había tenido una sucesión de maridos y, en el momento en que conoció a Jesús, tenía relaciones con un hombre que no era legalmente su esposo.

Las palabras del Señor causaron un profundo impacto en su vida. El encuentro con Él la marcó definitivamente. Ella fue transformada. Su actitud y su acción no sólo le reportaron a ella el llegar a ser partícipe de las bendiciones del Reino de los Cielos, sino que le permitieron convertirse en la puerta de entrada de las buenas nuevas de salvación para su propio pueblo.

Notas explicativas.

[1] La política imperial de los asirios era desarraigar a las etnias (pueblos, naciones) de su lugar de origen y reubicarlos en otros sitios del Imperio. De esta manera, pretendían que esas personas perdieran sus raíces y su identidad, para terminar siendo absorbidas dentro del Imperio garantizando así la sumisión absoluta, y evitando sublevaciones. Justamente, después de la caída del Reino norteño de Israel, los integrantes de las diez tribus que lo conformaban, fueron llevados cautivos a la parte norte de la Mesopotamia, y al territorio de los medos (2 Reyes 18:9-12). La región que dejaron atrás, fue repoblada por etnias procedentes de zonas adyacentes a Canaán (2 Reyes 17:24-41). Estas gentes se mezclaron con un remanente israelita que había quedado en la zona y, posiblemente, con otros que lograron regresar con el tiempo. Los judíos de los tiempos posteriores, incluyendo los de la época de Jesús, negaban que los samaritanos tuvieran alguna sangre israelita, pero estos se declaraban, a sí mismos, verdaderos descendientes de los miembros de las diez tribus, y poseedores del verdadero culto a Jehová.


[2] 2 Reyes 17:24-41 nos narra cómo ellos llegaron a tener conocimiento de la Ley de Jehová y cómo se llevó a cabo el proceso de sincretización que se produjo, mediante el cual se mezcló el culto de Jehová con los cultos idolátricos que traían cada uno de ellos.


Llanes, Alba. (Rancho Cucamonga, California: EDICI), 2006.


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