sábado, 31 de marzo de 2007

Jezabel y Atalía

Es paradójico que estas dos mujeres no honraran, con su forma de ser y sus acciones, los respectivos nombres que llevaban: Jezabel, “casta, pura”; Atalía, “Dios es exaltado”. Ambas mujeres representan, en la Biblia, las profundidades de la maldad.

Al venir a formar parte del pueblo de Israel, por su casamiento con Acab, Jezabel tuvo la oportunidad de ponerse en contacto directo con el culto al verdadero Dios, de conocer a Jehová y de convertirse a Él. Sin embargo, ella siguió fuertemente arraigada a las creencias y a la religión que traía de su tierra natal (posiblemente ella misma fuera sacerdotisa de Baal) . Aprovechando, por un lado, la debilidad de carácter de su marido Acab y, por otro, su situación de poder dentro del Reino de Israel, Jezabel no sólo se resistió a convertirse al verdadero Dios, sino que luchó contra Él: a) introduciendo en el norteño Reino de Israel el culto a Baal y a Asthoré (Astarté o Asera) ; b) induciendo a la nación a la práctica de la idolatría, que incluía el asesinato ritual de niños israelitas , y a la inmoralidad sexual; c) tratando de destruir todo vestigio del culto a Jehová, mediante el asesinato de todos los profetas del Señor.

A todo esto debe añadirse que su manera de gobernar al país fue un verdadero ejemplo de despotismo. Así como su padre Etbaal, rey de Tiro y Sidón, no vaciló en asesinar a sus propios hermanos (tíos de Jezabel) para apoderarse del trono de Sidón, Jezabel no vaciló en hacer matar “legalmente” a Nabot, para garantizar el aumento de las posesiones y riquezas reales. Su astucia fue tal que recurrió a las mismas leyes de Jehová, acerca de la blasfemia, para hacer ejecutar a Nabot y expropiarle sus bienes (1 Reyes 21).

Cuando su esposo murió en el campo de batalla, en cumplimiento de la palabra del Señor (1 Reyes 22_34-40), ella no recapacitó ni decidió cambiar, sino que siguió ejerciendo el poder en Israel, como Reina Madre, influyendo en sus hijos, sucesores de Acab: Ocozías (2 Reyes 1) y Joram (2 Reyes 3). Jezabel tuvo la gran oportunidad de conocer a Dios, y de ser purificada de la maldad, del pecado y de la más abyecta idolatría, pero rechazó esa oportunidad, y pereció irremediablemente, condenada al castigo eterno (2 Reyes 9:30-37).

Atalía era hija de Acab y Jezabel. Su matrimonio con Joram, hijo de Josafat, rey de Judá, la colocó en un lugar de preeminencia política en el reino sureño de Judá, que le permitió influir de manera nefasta en la espiritualidad del pueblo. Alguien ha escrito que, de la misma manera que Jezabel trajo el veneno de Sidón y lo inyectó en las venas de Israel, Atalía lo trasvasó a las venas de Jerusalén. Ella introdujo el culto a Baal en Judá, durante el reinado de su esposo Joram, hijo de Josafat (2 Reyes 8:16-18), y aparentemente influyó en él para que asesinara a sus propios hermanos, hijos de Josafat, de modo que no pudieran ser rivales en cuanto al trono. Atalía también mantuvo su influencia nefasta durante el reinado de su hijo Ocozías (2 Reyes 8:25-27).

A la muerte de este (2 Reyes 9:14-16, 27-29), ella misma se adueñó del trono. Para ello, como una vez había hecho en Sidón, Etbaal, su abuelo, hizo asesinar a todos los integrantes de la descendencia real que podían reclamarle el trono (2 Reyes 11). Atalía atentó directamente, no sólo contra la casa real de Judá y contra el linaje de David, sino contra la mismísima línea mesiánica, de donde vendría nuestro Señor Jesucristo. La intervención de Jocabet, una de sus nietas, salvó la descendencia real, al esconder en el templo a Joás, el menor de los hijos de Ocozías (2 Reyes 11:2,3).

A pesar de sus orígenes espirituales nefastos, al casarse con Joram e ir a vivir a Jerusalén, Atalía tuvo la oportunidad de entrar en contacto con el culto a Jehová, de tener libre acceso a Su santuario, el Templo de Jerusalén, de convertirse al Dios vivo y verdadero, y abandonar la vida de pecado, de maldad e idolatría heredada de sus padres. Si embargo, eligió no sólo el seguir el camino del mal, sino de extenderlo a toda la nación de Judá. Ella pudo haber sido cambiada, pero rechazó la bendición, y cosechó el fruto de su propia maldad (2 Reyes 11: 13-16).

Ambas mujeres, madre e hija, Jezabel y Atalía, fueron reinas. Por su posición social y de poder, tuvieron la oportunidad de realizar cambios espirituales positivos en Israel y Judá, sin embargo, usaron esa misma posición para oponerse a Dios y llevar al pueblo a la ruina espiritual. Su propia podredumbre no lavada, infectó a muchos y causó su propia ruina.

Llanes, Alba. (Rancho Cucamonga, California: EDICI) 2006

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